jueves, 13 de junio de 2013

Huarocondo e Izcuchaca: porque salir de Cusco a veces es una buena idea




Y el fin de semana pasado reafirme mi determinación, por lo menos por ahora, de no cambiar el lugar donde vivo. Si de mi dependiera quiero tener a Cusco como mi puerto, esa ancla de la que creo que todos necesitamos y añoramos. Y es que uno tiene esa facilidad de estar en medio de la naturaleza literalmente a la vuelta de la esquina. Cusco está rodeado de montañas, lagunas, nevados; vamos que hay que tener una buena excusa para no salir un par de horas a relajarse y conectarse, no con el “wifi” si no con uno mismo; con esa naturaleza que nos llama porque al fin y al cabo- por más que tratemos de destruirla - somos parte de ella.

A pocas horas de la ciudad de Cusco esta Huarocondo, un pueblo pequeño que cada domingo instala en su plaza central una Feria Dominical, muy popular desde hace muchos años en la mayoría de poblaciones andinas, en muchas de ellas incluso todavía se mantiene vivo el trueque como medio de pago. Además  de la motivación de vender  los productos de la chacra, los pobladores también vienen a escuchar música (impresionantes parlantes sacan cara desde los laterales del edificio municipal con música clásica lo que era un hermoso contraste con el hábitat tan andino). Otros vienen solo a “socializar”, muchos viven fuera del pueblo y el domingo “después de la misa” además de comercializar sus productos pueden re-encontrarse con los que trabajan fuera y llegan a visitar a sus familiares.


Los mercados dominicales o “ferias” son una costumbre muy antigua, instauradas  ya oficialmente en la época del Virreinato y que al día de hoy perduran. En Huarocondo, como en casi todos los pueblos andinos,no solo son una manera de intercambio económico, si no hay todo un bagaje cultural y social que se mueve y que es muy interesante de observar y muy divertido  participar.


Huarocondo proviene de dos palabras quechuas: WARO (montículo de piedras) y KUNTUR (cóndor) según los entendidos Huarocondo o WAROKUNTUR sería entonces “el cóndor que se posa en el montículo de piedras”. Según algunas crónicas habría sido un pueblo de relevancia en la época inca y así lo confirman algunos restos arqueológicos cercanos. En la actualidad este poblado que está a escasos 35 km de Cusco, tiene como actividad principal la agricultura, ganadería, aunque es un pueblo cercano a Cusco mantiene, para alivio mío y de alguno otros, todavía ese encanto de pueblito andino, de calles empedradas y casonas hechas de adobe que parecen haberse congelado en el tiempo, recorrerlas sin prisa es un verdadero placer para quienes encontramos la belleza en las cosas simples. Huarocondo me hizo recordar mi infancia, las vacaciones en casa de mis abuelos en Urubamba (Valle Sagrado) hoy tapiada de comercios y edificaciones de “material noble”, todo el Valle Sagrado ha ido poco a poco llenándose de hoteles y comercios que poco o nada respetan la línea urbana de antaño, por eso Huarocondo, como algunos pocos pueblos, todavía es una joya a la que conviene cuidar.



Huarocondo, entre la gente de Cusco es sinónimo de “Lechón” típico plato
 peruano a base de carne de cerdo asada con especies en un buen horno. Lo típico es comerlo en las fiestas de Año Nuevo, y las fiestas religiosas como “Todo Santos” (Noviembre). En Huarocondo el lechón se sirve cada domingo en su amigable Plaza de Armas que nos recibe como un enorme comedor, todo bastante bien organizado, sospecho por la misma Municipalidad del distrito. 

  En Perú es común comer en la calle, es raro un peruano que nunca se ha parado en una esquina a comprar un “tamalito” o  picar un palito de “anticuchos”. Para nosotros la calle es una extensión de nuestras casas. Los mercados son un anaquel increíble de olores y colores que gracias a los “chefs de moda” cada vez son más publicitados y por lo mismos más limpios y seguros. 

Si viene a Perú no deje de preguntar por el mercado más cercano y vera como descubre más de una fruta que en su país es innombrable, pruebe con la lúcuma, termine con un buen jugo de frutas , siempre aconsejo llevar su propia botella de agua, si Ud. le pide amablemente a la “juguera” de turno que le prepare el jugo con esa agua porque “sufre de algún malestar estomacal” ella no se sentirá ofendida y Ud., podrá probar a sus anchas del mas económico y sustancioso desayuno natural.
Pero volviendo a Huarocondo, después de degustar un riquísimo lechón preparado por “LA Tía Asunta” mis hermanos y yo retomamos la carretera. De camino a Izcuchaca no pude evitar cierta nostalgia de mi infancia al caminar con ese olorcito a tierra mojada, mientras me llevaba unos quesos frescos que puede comprar al vuelo en la feria dominical donde uno encuentra desde ropa, verduras hasta cocinas. Todo en un solo lugar… ¿quién dijo que en la variedad está el gusto?

Pues seguimos, pasamos de entrar al pueblo de Izcuchaca porque se nos hacía tarde, ya nos habíamos entretenido demasiado con Huarocondo y su riquísimo lechón, y el fin de nuestro viaje era visitar a una familia de amigos que están alojando a nuestro perro, que por cuestiones de espacio hemos tenido que dar en “adopción temporal”, muy a pesar nuestro, pero nos hemos dado con la grata sorpresa de que vive mejor que cualquiera de nosotros. El paisaje es realmente impresionante, una casita en el valle rodeada de un pequeño riachuelo, enmarcada con árboles entre cuyas ramas pelea el sol por salir o entrar según sea el caso…ya iba yo a pedir asilo también. Pasamos una tarde, literalmente relajada ,sin más accesorios que los infinitos verdes que nos regala la naturaleza, los dorados pastos que se dejaban secar al sol, una realidad más hermosa que cualquier foto a la que le damos “like” en nuestro mundo virtual. A veces es bueno dejar a un lado las “guías de turismo” y simplemente disfrutar de lo que un domingo espontáneo te puede regalar. 
 

Fotos: Edith Vega-Centeno Chávez